El empirismo
¿De dónde proceden las ideas, si no las trae el alma desde un mundo inteligible? Locke responde con su célebre tesis: la mente humana es una tabula rasa que la experiencia llena por dos vías, sensación (impresiones externas) y reflexión (operaciones del entendimiento sobre lo dado). El ataque al innatismo cartesiano es directo, y abre el camino para una teoría empírica del conocimiento.
Berkeley lleva la consigna a una conclusión inesperada: si solo conocemos lo que percibimos, ¿qué evidencia tenemos de una materia independiente de la percepción? Su immaterialismo —esse est percipi, ser es ser percibido— elimina la sustancia material y conserva solo espíritus y sus ideas. La materia, ese supuesto sustrato detrás de las cualidades, resulta ser una contradicción cuando se la examina.
Hume da el paso más radical. Si todo conocimiento deriva de impresiones, entonces la causalidad —ese principio que la ciencia da por sentado— no se observa: solo observamos conjunción constante. Inferir necesidad causal es un hábito de la imaginación, no un descubrimiento racional. La razón queda subordinada a las pasiones, y el yo se disuelve en un haz de percepciones sucesivas. El empirismo radical desemboca en un escepticismo que Kant tomará como desafío personal.