El obrar como ejercicio de la causalidad eficiente
De las cuatro causas aristotélicas, la única que el lenguaje moderno reconoce sin reservas es la eficiente: el principio agente o motriz del que proviene una transformación. Aristóteles distingue causa eficiente per se —el escultor que produce la estatua, el padre que engendra al hijo— y per accidens —cuando el agente actúa fuera de su rol propio—.
En la Edad Media surge una disputa decisiva: ¿hay causalidad eficiente en los seres finitos, o solo Dios es causa propiamente eficiente? Avicena y Avicebrón sostuvieron que los cuerpos finitos no pueden producir sustancias. Algacel atacó frontalmente esta posición. Santo Tomás de Aquino articula la solución clásica: Dios es causa primera y los seres creados son causas segundas que actúan por participación.
La modernidad radicaliza el problema. Spinoza, en su Ética, identifica a Dios con la sustancia única: solo Dios es causa eficiente, y todo lo demás son modos de su única sustancia, en un panteísmo riguroso. Leibniz, contra Spinoza, postula la pluralidad infinita de mónadas, sustancias simples sin ventanas que se sincronizan mediante la armonía preestablecida divina; cada mónada es causa interna de sus propios estados, sin influencia real de las demás. La acción humana se vuelve, en ambos casos, un problema metafísico.