La estética en la transición del siglo XX al XXI
Cuando Marcel Duchamp expuso un urinario invertido y lo firmó como R. Mutt en 1917, no estaba haciendo una broma: estaba planteando una pregunta filosófica que el siglo XX entero intentaría responder. ¿Qué hace que algo sea arte? Andy Warhol radicalizó la cuestión con sus latas de sopa Campbell y sus cajas de Brillo: objetos visualmente idénticos a productos comerciales que, por su mero gesto declarativo, devenían arte. Arthur Danto interpretó esta operación como la transfiguración del lugar común: la obra ya no representa, sino que cuestiona la propia naturaleza de la representación. Joseph Kosuth llevaría la tesis hasta el extremo: el arte contemporáneo es una proposición tautológica, una definición de sí mismo. Tras los ready-made, vendría el giro performativo —Marina Abramović, Joseph Beuys, las happenings— donde el propio cuerpo del artista se convierte en obra. Byung-Chul Han, en La salvación de lo bello, ha denunciado el dominio actual de la estética de lo pulido: superficies sin fricción, sin negatividad, sin extrañeza, que reflejan al espectador sin desafiarlo. Lo siniestro de Freud, lo sublime de Kant, lo trágico de Nietzsche parecen exiliados de esta estética complaciente. La pregunta filosófica permanece intacta.