Las ciencias prácticas: ética y política aristotélicas
¿Cuál es el fin último de toda acción humana? Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, ofrece una respuesta que se ha vuelto canónica: la eudaimonia, la felicidad. Todo se busca en función de otra cosa —la salud, la riqueza, el reconocimiento—, pero la felicidad es lo único que se busca por sí misma. Cuando se pregunta por qué quiere ser feliz, no hay respuesta posible: ser feliz es el por qué.
La felicidad, sin embargo, no es estado emocional pasajero sino actividad virtuosa del alma. Aristóteles distingue dos tipos de virtudes. Las intelectuales —sophía, phrónesis, episteme— se cultivan mediante la enseñanza y el estudio. Las éticas —valentía, templanza, generosidad, justicia— se adquieren por hábito, por ejercicio repetido. Su famosa doctrina del justo medio sostiene que la virtud es el término medio entre dos vicios extremos: la valentía está entre la cobardía y la temeridad, la generosidad entre la avaricia y la prodigalidad. Agnes Heller advirtió que la fórmula es engañosamente simple: encontrar el medio justo exige discernimiento concreto en cada situación.
La ética desemboca en política, según Aristóteles, porque el hombre es zoon politikon, animal político: solo en la polis puede alcanzar su plenitud. El legislador es responsable de las leyes y la educación que hacen posible la virtud. Pero el filósofo no escapa a los prejuicios de su tiempo: justifica la esclavitud como natural, sitúa a la mujer en posición subordinada respecto al varón griego. Estas páginas oscuras coexisten con la teoría más influyente de la ética occidental. Leer a Aristóteles exige hacer las dos cosas a la vez.