Concepción platónica del hombre
¿Qué es un hombre, para Platón? La respuesta combina ontología y psicología en un dualismo decisivo. El ser humano es cuerpo y alma, materia y forma; el cuerpo es la cárcel temporal del alma, que pertenece, por origen y por destino, al mundo inteligible. En el Fedón, antes de beber la cicuta, Sócrates ofrece argumentos a favor de la inmortalidad del alma: si la vida es su esencia, no puede admitir su contrario.
Pero el alma no es simple. En el Fedro, Platón ofrece una imagen célebre: el alma es como un carro alado tirado por dos caballos, uno blanco y otro negro, conducido por un auriga. El blanco representa el timós, el coraje noble; el negro, los deseos apetitivos; el auriga, la razón. Esta tripartición se repite en la República, donde cada parte tiene su virtud: prudencia para la razón, valentía para el timós, templanza para el apetito. Cuando las tres están en orden, hay justicia interior. Cuando no, hay alma tiránica.
Lo notable es que Platón, lejos de despreciar las pasiones, las integra como constitutivas del ser humano. Eduardo Nicol formuló bien la consecuencia: el hombre es el símbolo del hombre. Cada ser humano necesita del otro para realizarse, y el diálogo, esa estructura platónica por excelencia, no es accesorio metodológico sino expresión ontológica. Pensar, en Platón, es siempre pensar con alguien. Veintitrés siglos después, la imagen del carro alado sigue ofreciendo una de las descripciones más exactas del conflicto interno del que cualquier vida está hecha.