La cuestión platónica
¿Cuánto de lo que pensamos hemos aprendido de Platón sin saberlo? Alfred North Whitehead, en Proceso y realidad, lanzó la sentencia más célebre de la historiografía filosófica: la tradición europea no es más que una serie de notas al pie a los diálogos de Platón. La exageración encierra una verdad. Nietzsche y Heidegger, sus críticos más radicales, lo reconocen con incomodidad: Occidente es platonismo, y pensar contra Platón sigue siendo pensar dentro de su horizonte.
Pero quién fue exactamente Platón sigue siendo enigma. Aristócles, hijo de la alta sociedad ateniense, apodado Platón —el ancho—, fue alumno de Sócrates desde joven. Su obra es prolífica y, sorprendentemente, autocrítica: la República y las Leyes contradicen sus propias teorías políticas; el Fedón y el Sofista corrigen sus tesis ontológicas. Esta plasticidad ha alimentado una hipótesis radical: que los diálogos no contienen su doctrina verdadera, sino ejercicios de exposición, y que el pensamiento auténtico —las doctrinas no escritas— se transmitía oralmente a un círculo restringido de discípulos.
El Fedro y la Carta VII apoyan esta lectura. Platón critica allí la escritura como mero juego, como fármaco peligroso, y declara que sobre los temas más serios nunca ha escrito ni escribirá. Hans-Georg Gadamer, en Verdad y método, leyó a Platón en clave metódica: los diálogos no exponen tesis sino la forma viva de filosofar. Carnéades, en la Academia escéptica antigua, había leído lo contrario: Platón se cuidó de no defender ninguna postura. Dos mil cuatrocientos años después, seguimos sin saber qué tenía exactamente en la cabeza.