Antropología socrática
¿Qué se gana cuando una filosofía deja de mirar el cielo y empieza a mirar al hombre? W.K.C. Guthrie lo dijo en una frase memorable: con Sócrates, los griegos dejaron de especular sobre la naturaleza del mundo físico y concentraron su atención en los problemas de la vida humana. La pregunta por el arché de la physis cede el lugar a la pregunta por el hombre.
El mandato del oráculo de Delfos, gnothi seauton —conócete a ti mismo—, era antes una advertencia sobre los límites humanos frente a los dioses. Sócrates le da un sentido nuevo: hay dentro de cada uno una vida interior que merece ser examinada y que ofrece, según Norbert Bilbeny, el criterio último de la ética: evitar contradecirse, vivir en acuerdo con uno mismo. El daimon socrático, esa voz interior que le indicaba qué evitar, es la primera forma griega de lo que la tradición posterior llamará conciencia.
De ahí brota su intelectualismo moral. Quien hace el mal, sostiene Sócrates, no es malvado sino ignorante: sufrir una injusticia es mejor que cometerla, porque la primera no daña el alma y la segunda sí. La felicidad no consiste en posesiones materiales sino en el orden interno del espíritu. Esta antropología filosófica, que será desarrollada por Platón y Aristóteles, decidió la trayectoria de toda la ética occidental. Y costó la vida a su autor: condenado en 399 a.C. por corromper a la juventud y por impiedad, Sócrates bebió la cicuta sin huir, fiel hasta el final a la ley que lo condenaba.