Digest Diario · Filosofía

Una Vida Examinada

#020

Fecha de publicación

lunes, 22 de junio de 2026

Historia de la Filosofía Antigua · Parte II

Nota editorial

Hoy entramos en la era clásica de la filosofía griega con tres rupturas decisivas. La primera, la de los eleáticos: Jenófanes desmonta el antropomorfismo religioso con su sentencia sobre los dioses de los caballos y los bueyes, y Parménides funda la ontología occidental al descubrir el ser como lo que no puede no ser. Hegel llegó a decir que la filosofía empieza propiamente con él.

La segunda ruptura llega con los sofistas. Protágoras desplaza la pregunta del cosmos al hombre con su célebre fórmula —el hombre es la medida de todas las cosas—, y Gorgias, en su tratado Sobre el No-Ser, demuele a Parménides con tres tesis sucesivas y formula la primera filosofía del lenguaje. Tras la imagen negativa que Platón dejó de ellos, había un movimiento intelectual que inventó la retórica como disciplina y la antiología como método.

La tercera es Sócrates, ese maestro que no escribió y nos dejó tres retratos contradictorios. El Sócrates de Platón es mártir de la filosofía; el de Aristófanes, sofista charlatán; el de Jenofonte, moralista doméstico. ¿Cuál era el verdadero? Quizá la pregunta esté mal planteada: Sócrates resiste ser definido porque encarna la filosofía como diálogo vivo, no como doctrina.

Metafísica y OntologíaHistoria de la Filosofía Antigua

Los eleáticos y el descubrimiento del ser

¿Qué significa decir que algo es? Antes de Parménides, esta pregunta ni siquiera se había formulado con claridad. Jenófanes de Colofón preparó el terreno con una crítica devastadora a la religión homérica: si los caballos y los bueyes pudieran dibujar, dijo, harían dioses con forma de caballo y de buey. El antropomorfismo religioso es proyección humana; los dioses verdaderos, si existen, son inaccesibles a las categorías humanas.

Parménides recogió esta intuición y la radicalizó hasta hacerla la primera ontología. Su poema, escrito en hexámetro dactílico como los de Homero y Hesíodo, narra el encuentro del joven con una diosa anónima que le revela los dos caminos del pensar. Uno: lo que es y no puede no ser, vía de la verdad. Otro: lo que no es y necesita no ser, vía impracticable porque el no-ser no puede pensarse ni nombrarse. De este descubrimiento brotan los atributos del ser: ingenerado, imperecedero, íntegro, único, inamovible.

Hegel sostuvo que con Parménides empieza propiamente la filosofía. La afirmación es exagerada, pero apunta a algo real: el ser, como tema central, nace en Elea y atraviesa toda la tradición occidental. Platón intentará el parricidio del padre Parménides en el Sofista; Heidegger volverá a su poema buscando una experiencia del ser anterior a la metafísica. Zenón y Meliso, sus discípulos, desarrollaron las consecuencias paradójicas de la unidad eleática. Pocas veces una intuición ha resonado tanto tiempo.

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Filosofía AntiguaHistoria de la Filosofía Antigua

Los sofistas y el descubrimiento del hombre

¿Quiénes fueron realmente los sofistas, ese grupo que Platón retrató como charlatanes? La filosofía debe a Platón su imagen negativa, pero esa imagen es interesada. Protágoras, Gorgias, Hipias, Pródico ejercían un magisterio itinerante: cobraban por enseñar retórica y argumentación, viajaban entre las polis, adaptaban su mensaje al público. Su rasgo más radical fue desplazar la pregunta filosófica del cosmos al hombre.

Protágoras de Abdera lo formuló en una sentencia inmortal: el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son que son y de las que no son que no son. Una lectura superficial la convierte en relativismo banal; una lectura cuidadosa, en idealismo gnoseológico: lo real, para nosotros, se da a través de las capacidades humanas de percepción y juicio. La doctrina de la antiología —argumentos equipolentes a favor y en contra— inauguró una tradición que llega hasta el método dialéctico moderno.

Gorgias de Leontini llevó la crítica al extremo. En su tratado Sobre el No-Ser, demolió a Parménides con tres tesis encadenadas: nada existe; si existiera, no podría conocerse; si pudiera conocerse, no podría comunicarse. En el Elogio de Helena, definió el discurso como un soberano que, por medio del más pequeño de los cuerpos, lleva a cabo los actos más divinos. Los sofistas inventaron, sin saberlo, la filosofía del lenguaje, esa disciplina que Wittgenstein y Russell recuperarían dos mil años después.

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La cuestión socrática

¿Quién fue realmente Sócrates? La pregunta tiene una respuesta paradójica: no lo sabemos, y esa ignorancia no es defecto sino consecuencia de su propio gesto. Sócrates no escribió nada porque consideraba que la filosofía vive en el diálogo, no en el texto. Lo que tenemos son tres retratos distintos, hechos por tres autores que lo conocieron, y los tres se contradicen.

El Sócrates de Platón es la imagen canónica: un hombre que se confiesa ignorante para combatir con esa ignorancia a los sofistas que pretenden saberlo todo. El oráculo de Delfos lo declaró el más sabio de los hombres, y Sócrates entiende esa declaración paradójicamente: es sabio porque sabe que no sabe. Su muerte en 399 a.C. lo convirtió en mártir de la filosofía. El Sócrates de Aristófanes, en Las nubes, es lo contrario: un sofista charlatán que enseña a su discípulo Estrepsíades el arte de evadir las deudas con argumentación. Y el Sócrates de Jenofonte es un moralista doméstico, defensor de la frugalidad y la autarquía, lejos de las elucubraciones platónicas.

Michael Frede llamó insoluble a la cuestión socrática. Quizá esa insolubilidad sea el punto. Sócrates resiste la caracterización porque encarna la filosofía como gesto vivo, no como doctrina. Antonio Gómez Robledo señaló los paralelos con Jesús: ambos fueron juzgados, condenados, ejecutados, y ambos dejaron seguidores que escribieron por ellos. La filosofía, como religión, vive de testimonios.

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