Los eleáticos y el descubrimiento del ser
¿Qué significa decir que algo es? Antes de Parménides, esta pregunta ni siquiera se había formulado con claridad. Jenófanes de Colofón preparó el terreno con una crítica devastadora a la religión homérica: si los caballos y los bueyes pudieran dibujar, dijo, harían dioses con forma de caballo y de buey. El antropomorfismo religioso es proyección humana; los dioses verdaderos, si existen, son inaccesibles a las categorías humanas.
Parménides recogió esta intuición y la radicalizó hasta hacerla la primera ontología. Su poema, escrito en hexámetro dactílico como los de Homero y Hesíodo, narra el encuentro del joven con una diosa anónima que le revela los dos caminos del pensar. Uno: lo que es y no puede no ser, vía de la verdad. Otro: lo que no es y necesita no ser, vía impracticable porque el no-ser no puede pensarse ni nombrarse. De este descubrimiento brotan los atributos del ser: ingenerado, imperecedero, íntegro, único, inamovible.
Hegel sostuvo que con Parménides empieza propiamente la filosofía. La afirmación es exagerada, pero apunta a algo real: el ser, como tema central, nace en Elea y atraviesa toda la tradición occidental. Platón intentará el parricidio del padre Parménides en el Sofista; Heidegger volverá a su poema buscando una experiencia del ser anterior a la metafísica. Zenón y Meliso, sus discípulos, desarrollaron las consecuencias paradójicas de la unidad eleática. Pocas veces una intuición ha resonado tanto tiempo.