Tratado de la predicabilidad: concepto y término
¿Qué es un concepto, exactamente, y cuál es su relación con las cosas? La pregunta atravesó toda la Edad Media y enfrentó dos posturas radicales. El realismo, atribuido a Platón y profundizado por la escolástica, sostiene que el concepto capta una esencia que existe con independencia del pensamiento: cuando se dice perro, se nombra una naturaleza real. El nominalismo, defendido por Ockham, replica que los universales son solo etiquetas para individuos: hay este perro y aquel otro, no la perreidad.
La disputa no es academicista. Aristóteles, en las Categorías, distinguió diez géneros supremos del ser: la sustancia, lo que existe en sí, y nueve accidentes que dependen de ella —cantidad, cualidad, relación, acción, pasión, tiempo, lugar, situación, hábito. Porfirio, en la Isagogé, refinó la red conceptual con los cinco predicables —género, especie, diferencia específica, propio, accidente— y dibujó el árbol que organiza jerárquicamente los conceptos según extensión y comprensión.
De aquí surgen las reglas de la buena definición: brevedad, evitar lo vago, no caer en circularidad, no definir por la negativa. Y las cuatro oposiciones: contradictoria, privativa, contraria, relativa. La taxonomía biológica de Linneo y la programación orientada a objetos heredan, sin saberlo, este andamiaje porfiriano. Razonar con rigor sigue siendo, en buena parte, clasificar bien.