El hombre y el mundo
¿Es posible que algo se conozca a sí mismo? La pregunta tiene un giro inquietante cuando ese algo es el hombre: pretende ser, a la vez, sujeto que estudia y objeto estudiado. Max Scheler decía que el ser humano es inobjetivable, y Gabriel Marcel preferiría hablar de misterio antes que de problema: solo lo que está fuera puede ser un problema, pero el hombre que se interroga sobre el hombre está dentro de la pregunta.
La historia ofrece tres rutas para sortear la dificultad. La primera define al ser humano por referencia a Dios: Spinoza ve en él una modificación de los atributos divinos, Jaspers lo describe como el ser referido a Dios, Feuerbach invierte el gesto y sostiene que Dios es proyección del hombre. La segunda busca un rasgo característico: la fórmula aristotélica del animal racional ha generado variantes como el homo simbolicus de Cassirer o el homo faber popularizado por Marx. La tercera, propia del existencialismo, renuncia a toda esencia fija y sostiene que el ser humano se autoproyecta.
Esa pregunta no flota sola: cada concepción del hombre arrastra una concepción del mundo, espiritualista o materialista, finalista o contingencialista, esencialista o existencialista, en la clasificación de Miró Quesada. Decidir qué es el hombre es ya decidir en qué mundo vive.